Demiurgo

Sabía – como esas cosas que se saben sin saber cómo – que si un día llegase al centro del bosque se encontraría con el manantial que surtía todos sus arroyos, el corazón que, sístole diástole, sembraba de vida hasta el último de sus rincones.

forest landscape by formx

Mientras tanto se entretenía construyendo barquitos con las agallas de los robles para luego fletarlos corriente abajo en misión exploratoria, y los seguía desde la orilla con la atención de un jugador de ajedrez sobre el tablero del mundo. A menudo la flota entera naufragaba al encontrar el primer salto de agua entre las piedras musgosas, o quedaba varada en las riberas colmatadas de los remansos, y entonces él dejaba pasar las horas interpretando los dibujos de los zancudos sobre la límpida lámina del agua.

Había llegado al bosque ya anciano, aunque casi no lo recordase y los achaques – y hasta algunas huellas de la edad – se hubiesen diluido en el tiempo. Asumía su vida allí como una de esas mañanas de domingo en las que uno apura en la cama el duermevela, consciente pero indiferente a cuanto suceda más allá del calor del nido. No evitaba, tampoco buscaba, la compañía de otros habitantes del bosque. Salvo Pip, claro. Pip era una ardilla que se había acostumbrado a comer las avellanas y bellotas que él le descascarillaba y, a cambio, seguía todos sus pasos a una distancia prudencial. Hasta alguna vez se dejó acariciar en su regazo.

– Buenos días, Thomas Fonda
Él levantó la vista de las buyacas que alineaba junto al riachuelo. Pip comía nueces sobre una roca, unos metros más allá. No se inmutó.
– Buenos días, Niebla. Algún día conseguiré no sorprenderme con tus… hum, apariciones.
– Me alegraré de ello – sonrió – ¿Cómo estás?
– En realidad pensaba en ti. Y en este bosque. ¿Es obra tuya?
– ¿Obra mía? ¿Crees que todo esto – su mano describió un amplio círculo alrededor – puede ser responsabilidad de un único individuo?
– No. Supongo… – Thomas miró sus barcos – ¿Sabes? Hoy, después de mucho tiempo, he recordado que una vez yo jugué a ser un creador. ¡Un demiurgo!.
– Ajá. ¿Hiciste surgir algo de donde no había nada?
Silencio
– Eres un conversador muy difícil, Niebla. No. No hice eso. Creo que intenté retratar los planos de los mecanismos… o algo así. Si lo conseguí, nadie lo entendió. O no tuvo interés.
– Todo cuanto hiciste tuvo su sentido, Thomas Fonda. La novela que escribiste, aunque nadie más la leyera. Tus Horoskopos. Tu trabajo con la madera.
– ¡Vaya, Niebla! Te creía muy por encima de todos esos proverbios de baratillo. Hablo de interés real: de crear una obra capaz de perdurar en el tiempo, de influir en la vida de las personas. Una obra que cambie la manera de ver el mundo. Mira, he escrito algunas frases que me gustaría leerte… – rebuscó entre sus ropas hasta encontrar un papel arrugado. Lo extendió con parsimonia y tuvo que probar a situarlo a distintas distancias de sus ojos para poder descifrar la letra picuda y temblorosa:

    “Fuisteis todos convocados a la mesa de vuestro hermano.
    Y tantos encontrasteis excusa.
    ¿Con qué cara arrojará a las gallinas el pan que con todo amor horneó para vosotros?
    ¿Quién beberá el vino de vuestro desprecio?”

Frunció el ceño y fue como el bramido de una tormenta lejana en la calima de una tarde estival. Acabó en el momento.
– ¿No te aburre escuchar el eco de tus propias palabras, Thomas Fonda? Eres como una campana que una vez, hace largos años, anunció un acontecimiento y desde entonces vibra con aquel tañido. Tu pasión creadora forma parte de lo mejor de ti mismo, pero tú has conseguido contaminarla con una nociva ambición de reconocimiento… Quemaste tu novela. Bien, es tu derecho. Pero ¿de verdad dejó de vibrar el tañido en tu cabeza? ¿O estaba ahí, detrás de cada tarde de aburrimiento, de cada enfado sin sentido, de las contestaciones desabridas?. Sé de ti, Thomas Fonda. Sé que ninguna vida es idílica. ¿Lo sabes tú?. Pensé que habías aprendido más cosas durante tus días con nosotros. No de cómo funcionan, sino de cómo se forman y cómo engranan entre sí esos mecanismos de los que hablas. Dices que querías “influir en la vida de las personas”: ¿acaso cuando escribiste tu novela no cambió tu manera de ver el mundo?… Y tu huida ¿no cambió la vida de Dorothy? ¿La de Leopold, la de Gina Bolero? Nuestras obras son importantes de por sí, no por cómo son recibidas, igual que debemos evitar ciertos actos por su maldad y no por el temor al castigo. Ahora llámame filósofo de baratillo, simplista, Pero Grullo o lo que te perezca, pero mientras no asimiles esto no habrás avanzado nada – tomó aire – En fin. Yo he venido a buscarte por otro asunto: has de saber que Dorothy está a punto de llegar.
– ¡Dorothy! – musitó.

Niño del Río by Conde

Se alejó por los senderos del bosque. Pip levantó la cabeza y pareció protestar en su lengua nerviosa y gorjeante. Con un brinco dejó atrás el riachuelo y corrió por el enramado para saltar hasta su hombro. Él le acaricio el hocico con sus largos dedos pálidos.

– Buenos días, Buenaventura – le dijo – También se avecinan cambios para ti.

Pd.1: Imáges: (1) Forest Landscape, de FormX (2) El Chico del Río, de Conde

Pd.2.: Más de Thomas Fonda, alias Henry Joad, alias Trasilo:

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18 comentarios en “Demiurgo

  1. Habría que ser muy demiurgo desde luego para ser capaz de cambiar las cosas por el mero hecho de escribirlas y más mago todavía si al quemar el libro las cosas desaparecieran como por encanto. Este Thomas Fonda ¿no será pariente de Henry o de Peter ?
    Un saludo.

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    1. Fonda es un personaje de un viejo relato mío que estaba obsesionado por escribir La Gran Novela Americana: el mundo que quería sacudir era el de la literatura, pero nadie le hizo caso y quemó su obra. Y sí, de refilón, tenía algo que ver con (el nombre de) Henry, jejeje
      Saludos, Cayetano

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  2. Estoy segura que algunos demiurgos so capaces de influir en la vida de las personas…
    Ese Fonda es tal vez el de “las uvas de la ira”?….
    No leí “el chico del rio ” pero me gustan esos personajes y ese bosque con rio y no solo por los barquitos de buyacas.
    Abrazos amigo.

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  3. Muy cierto aquello de que nuestras obras son importantes de por sí, no por como son recibidas, y ayyy sin castigo… que a mano se tendría la maldad. Excelente, amigo

    Un abrazo¡

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    1. Sí, la posibilidad del castigo debe existir: pero, en un mundo ideal, no debería ser determinante para guiar nuestras acciones ¿no?
      Un abrazo, Felix

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  4. Ni se te ocurra quemar tu novela Thomas Fonda, avisado estás. Al menos hasta que yo la lea :D.

    Cuando era pequeña y pasaba la semana en casa de mi abuela porque en pueblo no había escuela yo también mandaba barquitos corriente abajo, mi abuela se ponía de muy mal humor(es un decir porque venía “puesta de mal humor” de fábrica) pero no conseguía apartarme del río que es una tentación irresistible para cualquier niño, mucho más para uno que se aburra tanto como yo me aburría. Así que cuando podía hacía barquitos que mandar río abajo.Supongo que en realidad es lo que uno hace toda la vida esperando terca y esperanzadamente a que alguno llegue al mar.

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    1. Yo también era de botar barcos: en el río, en los arroyos, en cualquier charco… No sé si alguno llegará al mar, pero tampoco está mal seguir intentándolo 🙂
      Un fuerte abrazo, Adra.
      Pd. Si algún día termino una novela, prometo no quemarla hasta que la leas 😀

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  5. El valor de una obra está en hacerla, no en esperar resultados o respuestas en los demás, la respuesta está en uno mismo, en cómo vivimos el trayecto, el camino, esa es la recompensa.
    Muy, muy interesante.
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Valverde. Así lo pienso, aunque a veces las “circunstancias” se pongan en contra

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  6. De momento has creado aquí tu demiurgo. Ese manantial y el bosque son una maravilla…El viejo Thomas supo elegir lugar.
    Un beso

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    1. Es la suma de todos los bosques que conozco… y alguno más que imagino 🙂
      Un abrazo, Laura

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  7. Es pretencioso creer que el mundo puede girar alrededor de uno y más aún creerse un dios, pero no pensar, ni hacerlo en voz alta dejando a los demás tener la última palabra.
    Un saludo.

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  8. ¿Como se me pudo pasar esto?, ¿donde andaba yo? Seguramente tallando con mi pequeña navaja barcos en pequeños trozos de madera y echandolos a navegar en el arroyo.
    Un abrazo.

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  9. Pues empiezo a sabiendas de que el principio me lo he perdido; y el medio, y más. Y a sabiendas de que encontraré el manantial en este bosque, “esas cosas que se saben sin saber cómo”. Y aprendiendo que el fuego no siempre lo quema todo. ..afortunadamente.

    Pues eso, que al fin encuentro tus “casos y cosas”, y las seguiré por este bosque.

    Un abrazo Xibelius, genial 🙂

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    1. ¡Bienvenida, Moni! No, esto (sea lo que sea) acaba de empezar: es la segunda visita al Bosque. Los personajes pueden ser conocidos para lectores veteranos, pero no hace falta conocer las otras historias para entender éstas.
      Abrazos

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