El bar del Tío Tijeras

Nunca hubo otro bar como el del Tío Tijeras. Era algo de lo que pronto te dabas cuenta: nada más cruzar la entrada y encontrarte, a mano derecha, con una barra donde las lámparas tiffany lucían sobre fuentes de callos con chorizo, gallinejas y caracoles en salsa. Para mayor comodidad de los clientes, la barra se remataba por abajo con un reposapiés de latón dorado y por arriba, a la altura de los codos, con una banda acolchada de eskai rojo, a juego con los cuatro o cinco taburetes – no siempre había los mismos – que se alzaban entre la montaña de todas esas cosas que en un bar de ley deben tirarse al suelo. Hay que decir en favor del Tío Tijeras que él se esforzaba en mantener limpio el local, que, en cuanto tenía un rato libre tiraba de bayeta y escoba sin remilgos; pero también es cierto que los ratos libres no sobraban y que bastaba el paso de un pequeño grupo de parroquianos – a veces uno sólo – para que todo quedase como antes.

Letrero Pepsi

Enfrente de la barra se disponían cuatro mesas de pino gallego, con sus correspondientes sillas, quemaduras, iniciales grabadas y hasta dibujos obscenos. En la más cercana a los servicios, de espaldas al televisor pero al alcance de su influjo, estaba el sitio del señor Baldomero, de su palomita de Marie Brizard, de su periódico y de todo aquel que quisiera echar con él una parrafada o una partida. Había habituales convencidos – o eso decían – que al Baldomero lo sentaba cada mañana en su silla el Tío Tijeras y lo volvía a guardar en la cueva después de cerrar. Las otras tres mesas se usaban para las partidas blancas – es decir: sin jugarse dinero más allá del coste de las consumiciones – de cartas o dominó. También para degustar las celebradas raciones que la Rita cocinaba en un cuartucho, lejos de miradas indiscretas, al final de la barra.

Tras a las mesas, en una esquina entre los ventanales, había una máquina del millón – pinball la llamaban los modernos – que, con la tele y la radio, eran los únicos cachivaches electrónicos del bar. Una vez un comercial convenció al Tío Tijeras para poner una maquina tragaperras, una de esas de palanca, lucecitas y música estridente. No aguantó ni dos horas: harto del soniquete, el Tío la desenchufó, la empaquetó y la dejó en la calle hasta que vinieron por ella. Para los aficionados al juego en el bar se ofrecían los boletos, unos sobrecillos azules con pequeños premios en metálico. La mayoría de los clientes se gastaba el dinero del cambio en estos boletos y, ni que decir tiene, sus restos contribuían a mantener la alfombra de deshechos sobre el suelo. Es curioso que los premios solían salir de manera bastante equitativa; hasta diría que proporcional al gasto – tanto, que siempre sospeché que el Tío Tijeras guardaba los boletos con premio en una bolsa distinta y los distribuía a su libre albedrío. Pero nunca pude probarlo, claro.

El televisor y la barra, con sus lámparas tiffany y su eskai rojo, eran casi la única decoración del bar. Entre las botellas se medio escondían unas cuantas figuras de propaganda. Un crucifijo, de esos de ataúd, sobre la puerta de los servicios. Unas venecianas rojas tamizando la luz de los ventanales y, en la esquina del pinball, una gran fotografía sin enmarcar de cuando la coronación del rey. Una foto blanco y negro tamaño póster, un busto tres cuartos en el que la mirada del joven monarca se perdía en la distancia, fuera del plano, tal vez a la espera de unos tiempos mejores por llegar. Nadie supo nunca qué pintaba allí, porqué se puso y porqué no se retiraba. Creo que el Tío Tijeras, tan suspicaz ante cualquier autoridad paya, se había olvidado de ella y ni siquiera era capaz de verla.

Desde la entrada, de frente, se encontraban los servicios, uno para las señoras y otro para los caballeros, y a su lado, pegado a los ventanales, el pasillo que llevaba hasta el salón.. Loa aseos eran diminutos, pero limpios. Cabía lo justo: bombilla, espejo, lavabo, toallero, portarrollos, taza con tapa en el de señoras, pila de loza en el suelo para los caballeros. En éste último quedaba sitio para una trampilla por la que descolgarse hasta la cueva, un pequeño almacén que el Tío Tijeras había agrandado por su cuenta a base de pico y pala.

El salón del fondo, sin embargo, era lo bastante amplio como para albergar una decena de mesas y una pequeña tarima, donde el Tío montaba su teatrillo de títeres para los niños de La Finca y también para los de Las Torres, que en eso él no hacía distingos. Aunque en aquella tarima, si la noche era propicia, cualquiera a quien el público aceptase podía subirse a mostrar sus talentos. Ocultando los ventanales – y privando de toda luz natural al salón – se alineaban los reservados, una estructura de mamparas y bancos corridos que podían aislarse del resto con unas pesadas cortinas de cuerpo entero – rojas, lo habrán adivinado. Había cinco reservados, y los fines de semana era muy complicado encontrar alguno disponible. Aquel salón era el sanctum santorum, pero no sólo del bar: también de una gente del barrio – la que en realidad valía la pena.

En verdad, por perogrullada que parezca, el bar era como el Tío Tijeras y el Tío Tijeras era como su bar. Era imposible concebirlos por separado, conocer la historia de uno sin la del otro.

Y, desde luego, había mucha historia que conocer.

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17 comentarios en “El bar del Tío Tijeras

  1. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii !

    Mucha historia por conocer 😀 No sé el código del emoticono que se relame de gusto, pero iría aquí. Es fácil entrar en el bar, jugarse la vuelta a los boletos, perder, chinchar un poco a Don Baldomero…

    Te lo he dicho muchas veces, XIbeliuss y de todas las maneras que se me ocurren y que al final se resumen en Robert de Niro (que soy yo) mirando torcido y apuntando a Billy Crystal (que eres tú) diciendo aquello de eres bueno tú, eres muy bueno, tío, tienes un jodido don 😀

    Un abrazo

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    1. Jo, no sé qué me da más miedo: si verme a mí mismo como Billy Crystal… o a ti como Robert de Niro 😀 😀 😀
      Gracias, Vega. Así da gusto.
      Un fuerte abrazo
      Pd. Ay, pajarito 😉

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  2. Yo es que creo que conozco este bar, y al tío Tijeras…
    Me encantan esas lámparas, y sí, adiviné el color de las cortinas 🙂
    Me gustaría mucho conocer esas historias Xibeliuss, me relamo también, como Vega…
    Quien no se sitúe inmediatamente en el bar del tío Tijeras y forme parte de su escenario, a través de tus palabras, se ha perdido mucho en la vida ….jeje
    Un fuerte abrazo!!

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    1. Seguro que sí lo conoces: está hecho de muchos retazos cogidos de aquí y de allá, casi como una colcha patchwork 😀
      Hay ya otro par de historias en marcha. Se están cociendo.
      Gracias por el interés. Un fuerte abrazo

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  3. Seguro que el tío Tijeras hizo de ese bar algo especial. ¿Quién no conoce uno parecido….? Con su olor peculiar y su trato, seguro se sabía el nombre de todos sus clientes y los echaba a faltar cuando alguno no venía….
    Su mujer se pasaría la vida haciendo las labores de la cocina a la vez que criara a sus hijos, que por supuesto darían una carrera para que fueran más…
    Los boletos por arte de sus manos iban a parar a los clientes que dejaran mas dinero al negocio, era justo.
    El negocio terminaría con él, y hoy seguro que es un todo a cien donde venden cacharros con un poco de todo: bebidas frías, tabaco, pan, y bocadillos en la madrugada…
    Los clientes ya no se conocen ni nadie hace amigos de los que se dan los buenos días al comprar la barra de pan.
    Abrazos amigo.

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    1. Sí, puede verlo; el bar del Tío reconvertido en un bazar de esos abiertos 24 h… La vida avanza muy deprisa para todos y parece que no podemos perder el tiempo en conocer a los que viven a nuestro alrededor. Quizás algún día las cosas cambien de nuevo.
      Un abrazo, Inés.

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  4. Tengo la suerte de conocer aún dos o tres tascas de este tipo; a mi me parecen agradabilísimas. Lo malo es que cada vez quedan menos, están en peligro de extinción. Sobre todo resisten en los pueblos pequeños y me encanta entrar en ellas, soltar un buenos días, tardes, noches a elegir y que los parroquianos contesten. Mientras no se conviertan en “estarbacs” yo soy feliz.
    Salu2

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    1. Sí, parece que en las ciudades, el destino final de todos estos bares han sido los “estarbacs” o los bazares 24 horas… cuando no la tapia en la puerta y el olvido. Quizás sea ley de vida, que se dice.
      Saludos, JC.

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  5. Solo echo en falta una vieja chimenea de hierro fundido y al Tío Tijeras atizandola en los días más fríos con la leña que apilaba en un garrote de mimbre. Y me imagino los cuartillos del vino salir empañados de la cueva.
    Lo que te ha dicho Vega también te lo he dicho yo,(y a ella), y lo sabeis.
    Un abrazo.

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    1. 😀 Tal vez éste sea un bar un poco más urbano, pero también puedo ver esa estufa de hierro con la chimenea buscando la salida tras atravesar todo el techo… hum, me quedo con ello.
      Gracias, tejón. Un fuerte abrazo

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  6. Qué descripción.
    Destacan las mesas de pino (con que gallego, eh); la máquina de pinball (con la que los jugadores puede ganar en función de sus habilidad; y no la escandalosa tragaperras, sólo condicionada por el azar); y el “turco” en el servicio de caballeros. Y luego dice que apenas está decorado. Si el bar de Tío Tijeras parece un museo.
    Un saludo.

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    1. Tienes razón, dlt: hoy sería de museo, de esos que los modernos llaman “kitsch”, jejeje
      Abrazos.

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  7. Fantástica descripción. Nos has colocado en el local, en primera línea de eskai. Toda la descripción te mete dentro del local y dentro de los recuerdos ya que alguna vez hemos pasado por algún local así. Posiblemente, locales más cercanos a pubs o nuevas cafeterías de los años catapún.
    En fin, que ha sido un placer leerte… otra vez.

    Un abrazo

    · LMA · & · CR ·

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    1. Jajajaja ¿Ves? El Tío Tijeras seguro que te hubiese entendido. En el “estarbac”, no.

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