Un perro viejo

Amadeo Oliván apuró su martini y dejó la copa sobre la barra. Bailoteó el pipo de la aceituna entre sus labios cerrados. Nunca dejó de mirar a Del Saco. Del Saco no era lo que parecía. No era viejo. No era lento. No era servil. Se contaban muchas cosas feas sobre él desde que empezó a hacerse un nombre en los mercados de Legazpi. Tenía unas manos enormes e inclinaba la cabeza al hablar, por lo que siempre daba la sensación de mirar mal, de estar a punto de liarse a guantazos. Tenía el pelo cano y los hombros cargados. Tenía las ojeras abultadas y las mejillas hundidas. Parecía un enterrador y no lo era. En sentido estricto, no.

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Amadeo Oliván sacó un cigarro de su pitillera y lo encendió con un mechero lleno de brillos – no hizo ni el más mínimo gesto de invitación. Suspiró. Dirigió al otro una sonrisa cargada de aristocrático desdén. Pero sin dejar de ser amistosa. Pobre, tú.

– Creo que está usted moviendo la baraja a espaldas de su jefe, amigo Del Saco. No se ofenda, pero no encuentro otra explicación,. Sé con absoluta certeza que Don Nemesio no me haría esto a mí. Somos íntimos desde los tiempos de la guerra. Desde que le salvé la vida en la guerra, mejor dicho. Usted no podría saberlo, claro. Aunque usted también hizo la guerra… Supongo que en nuestro bando.

Del Saco se rascó algo detrás de la oreja.

– Sí, don Nemesio ya me había advertido de esto. Lo que no esperábamos es que el tema surgiese tan pronto – sacó un sobre del bolsillo interior de la chaqueta y lo dejó en la barra, al lado de la copa vacía del martini. No retiró la mano – En este sobre hay… cierta cantidad. Tú tienes dos opciones. Puedes cumplir tus órdenes, dar todas las cuentas por saldadas y aprovechar este colchoncito para aguantar hasta que encuentres otro apaño. O por el contrario puedes resoplar haciéndote el ofendido e intentar un regateo. Entonces asumirás las consecuencias, consecuencias muy desagradables para casi todos. No te voy a engañar – inclinó un punto más la cabeza – Para mí sería la opción más divertida.

– ¿Me está permitido… ver el sobre?

– Por supuesto – Del Saco retiró la mano y dio un corto paso atrás.

Amadeo Oliván vio en el sobre su nombre escrito con pulcra caligrafía de contable. No estaba cerrado. Extendió levemente el pico de los billetes, más para ver si todos eran viruta chipén que para calcular el importe. Fuese cual fuese, tenía que aceptarlo. No podía enemistarse – más – con el Neme; incluso lo mejor sería mantenerse alejado por un tiempo. Tampoco quería tener a Del Saco respirando en su nuca. Sólo quedaba someterse y esperar.

– Buenas noches, don Amadeo.

– Buenas noches, Nukia, bonita.

Amadeo olvidó sus problemas por un instante. Giró sobre el taburete para contemplar sin reservas el balanceo de los glúteos de la chica camino de los reservados. ¡Cómo estaba la rusa! Un descubrimiento suyo: la encontró fregando escaleras y ahora mandaban coches del Parque Móvil a recogerla en la puerta del club. Quería ser artista. Él sabía que iba a durar poco allí. Había conocido tantas como ella.

Amadeo Oliván era un señor. Su familia descendía de un linaje más antiguo que la Casa de Alba, aunque en los dos últimos siglos hubiesen degenerado hacia la gilipollez irremediable. En su juventud se codeó con lo mejor de la vanguardia española, idealistas mitad monjes, mitad soldados, junto a los que se batió en las trincheras y vio caer a los mejores de entre ellos, uno tras otro. Muertos primero, traicionado su legado después, cuando la mediocridad tomó el timón de la nave y buscó unos referentes que ya no pudiesen contradecirla. Conoció la gloria del Madrid de los vencedores en la posguerra, un universo cerrado, cosmopolita y rufián a espaldas de la ordinaria miseria. Tiempo de copas en Chicote, de la sesión vermú en el Ritz, de las tertulias de Marichu de la Mora en la casa de Lista… Y también de aquellos tablaos discretos, con salones privados donde cada noche aparecía el duende y otras sustancias farmacéuticas. Edgar Neville quiso hacer de él un galán de cine. Él prefirió ser el primero en llevarse de putas a los cachorros de la alta sociedad. Años después se lo recordó al mismo Cristóbal Martínez Bordiú. El marqués casi se atragantó con su cocktail. Menos mal que no tenía un bisturí en la mano.

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Como todo gran señor, también conoció momentos difíciles. Por ejemplo, el jaleo con Elder y su puñetero motor de agua tratada, por el que casi acaba en la cárcel. O cuando la caída en desgracia de Serrano Suñer, que le dejó sin amigos entre los círculos más altos del poder. Pero para Amadeo lo peor de todo, con diferencia, fue su matrimonio con María, aquella imbécil sin fortuna familiar, obsesionada con engendrar hijos como una coneja, incapaz de poner remedios antes o después, completamente inútil para la vida social. Con ella empezaron sus malas rachas: cada vez más frecuentes, cada vez más prolongadas. La culpa era de esa bruja y de su mal de ojo, un ojo cargado de llanto y reproches en cuanto abría la puerta de casa y se encontraban en el pasillo, ella a cubierto tras su camada de mamones, todos con cara de odio, ninguno con el valor necesario. Si alguna vez…

El paso del tiempo se estaba convirtiendo en una losa que lo dificultaba todo. Él, que siempre presumió de ser poco menos que un atleta de élite, sentía ahora cada achaque, cada arruga, todas las resacas. Día tras día, su imponente físico se desmoronaba sobre sí mismo como un flan agujereado por el centro. Recordaba con espanto la vez en que una de sus amantes, en pleno sopor pospolvo, le dijo:

– De cuello para abajo tienes el cuerpo de un bebé: sonrosado y regordete – salvo alguna cosa, claro, jajajaja. ¡Mira que hoyuelos se te marcan! ¡Si es que dan ganas de hacerte pedorretas en la panza!

Ella se partió de risa. Él no supo qué se le partió: el corazón, el orgullo… Pero dolió. Dolió mucho.

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Bajo la mirada fija de Del Saco, Amadeo rememoró la llamada del Neme y la posterior entrevista en el Manila. Tras los compadreos de rigor, don Nemesio no se anduvo con rodeos.

– Yo pongo el local y lo equipamos como tú quieras. Tú eliges las chicas y el personal: los fichajes también van por cuenta mía. Quiero un club donde la música y el jolgorio nunca terminen, que siempre haya coches en la acera, que los borrachos salgan a mear en los jardines y le canten serenatas a los cubos de basura. Un club donde acaben todos los noctámbulos cuando el garito más arrastrado cierre sus puertas. ¿Soy lo bastante claro?

– ¿Y el Ayuntamiento? ¿Los vecinos?

– El Ayuntamiento también va de mi cuenta – Don Nemesio se apoltronó en el sillón – Y, ah, los vecinos… Quiero que siembres discordia. Busca apoyos entre alguno de los demás propietarios. Ve siempre a las reuniones y oponte a todo. No cumplas ni una puta norma. Si un día acaban a hostias, te regalo una caja de Dom Perignon.

– Joé, Neme, me encanta todo lo que me dices. Cuenta conmigo: el trabajo está hecho para mí. ¿Cuánto me llevaré yo?

– Eso lo decides tú – Don Nemesio le apuntó con el habano – Te digo una cosa, Oliván, y escucha muy bien porque no pienso repetirlo: no me meto en esto por dinero. Los gastos de inicio los considero a fondo perdido. Tu dirigirás el club como te venga en gana y cuadrarás las cuentas como te parezca; ahora bien: igual que no voy a ganar dinero, tampoco estoy dispuesto a perderlo. Con que al final de cada mes los ingresos superen a los gastos en una peseta, yo estaré contento y no preguntaré nada más. Pero si pierdes un céntimo de mi dinero, estás acabado. ¿Tienes alguna duda? ¿Lo has entendido bien?

– Meridiano, jefe – Amadeo se llevó los dedos a una visera imaginaria – ¿Cuándo empezamos?

– En unos días se pondrá en contacto contigo una persona de mi entera confianza y concretaréis los detalles. Acude a él cuando tengas cualquier problema, él supervisará que todo funcione como tiene que funcionar. Ya imaginarás que mi nombre no debe aparecer bajo ningún concepto.

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Y allí, pasado el tiempo, estaba Del Saco otra vez. Había encendido la colilla de un caliqueño y seguía con sus ojeras clavadas en él. Amadeo se guardó el sobre con total naturalidad.

– ¿Qué va ser del club? ¿Desaparece? ¿Ya terminó la guerra con los vecinos? – preguntó.

– El club desaparece. La guerra no ha terminado – respondió el otro – Estoy hablando con un gitano de La Finca que quiere montar una bodega. Ya sabes: fritangas, folclore, más gitanos, a lo mejor hasta gallinas picoteando por los parterres. Seguro que a los vecinos les encanta.

– Seguro que sí – Amadeo dirigió una calma mirada a su alrededor. Se fijó en el eskai rojo. En el latón dorado. Sus queridas lámparas Tiffany. Supo que iba a echar de menos aquello – ¿Cuándo debo marchar?

– Ahora mismo. No te preocupes por tus cosas, te las haré llegar. Queda un pequeño detalle…

– ¿Ah, sí? Usted dirá.

Amadeo no estaba preparado para un golpe como ése. Tan rápido. Tan silencioso. Tan brutal. Justo debajo del hueso de la nariz. Donde empieza el cartílago. Cayó del taburete ya sangrando como un toro bien picado.

Del Saco guardó con discreción las nudilleras de hierro. Se inclinó sobre el otro y comprobó la precisión del puñetazo. Sonrió satisfecho. Esa cara iba a recorrer el arcoíris en las próximas semanas. La nariz jamás volvería a ser la misma.

– Creo que Don Nemesio me pidió que te diese a elegir entre la hostia y el sobre. Pero soy incapaz de recordarlo con claridad. En fin – se encogió de hombros – Que te llevas las dos chochonas. Así no me equivoco.

– Hijo de la gran puta. Ya te las devolveré algún día. Personalmente.

Del Saco se incorporó. Posó uno de sus zapatones Segarra sobre los testículos de Amadeo. Apretó poco a poco, como quien prueba la sensibilidad del acelerador de un deportivo. Amadeo rugió como el motor de ese mismo deportivo.

– Adiós, Oliván – dijo Del Saco – Para mí siempre será un placer volver a encontrarte.


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17 comentarios en “Un perro viejo


  1. No sabría como decirte cuánto me encantó. Queda claro que eres un escritor nato, que dominas el género. Espero que haya más.
    Por cierto, las ilustraciones son fantásticas, especialmente las de época.

    Un abrazo

    · LMA · & · CR ·

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  2. Degenerar a la gilipollez y ser serviles a tipos sin escrúpulos para que estos se salieran con la suya si… ¿Cuantos como él…? Me horroriza lo que los pobres vecinos tuvieron de aguantar con la instalación del club allí donde habían decidido vivir. Que triste.
    Abrazos

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  3. Pues yo buscando “los buenos”, pero no hay ni uno, jajja Y menos mal! Los buenos y decentes aburren a una manada de camellos grandecita.
    Pero que genteeee; que forma tan inquietante de saludarse y despedirse.
    Me encanta, engancha mucho; tienes alguna “mala” en la historia?
    Realmente las descripciones de los personajes, en todos los sentidos, son excepcionales. Y los diálogos…ni te cuento!! Ya quiero más 😄

    p.D. Se puede putear a una comunidad de vecinos votando a todo en contra? Jejejje, tú dame ideas, que yo no tengo, pero aprendo enseguida 😉

    Un abrazo grande Xibeliuss

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    1. Jjejeje Cuando intento algún “bueno” me sale un Flanders estereotípico 😉 Así que mejor me quedo con esta gentuza.
      Y, mira: “malas” yo creo que no tengo. Como mucho, liantas/manipuladoras, que no es necesariamente lo mismo.
      Un fuerte abrazo, Moni

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  4. Jo, muchas gracias… de verdad, leyendo casi se me pasa el cabreo por lo del Atleti. Casi. 😀

    Me mató lo de “viruta chipén”… es muy cinematográfica tu manera de contar, no sé muy bien como explicar que yo te leo a ti y encuentro verdad y reconocimiento porque leyendo veo es una película muy muy buena con una banda sonora acojonante e inspirada en novelas de calidad dudosa pero potencia incuestionable, algo así como Juan Madrid. Pero en mejor 🙂

    La siguiente entrega pa´cuando?

    Un beso

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    1. ¡Juan Madrid! jjejeje, Sí, es una de mis principales referencias. Sus primeras novelas, las de Toni Romano, fueron un bombazo para mi, más que nada porque el escritor vivía entonces en mi barrio y sus escenarios eran los que yo veía todos los días. Yo creo que comparto mucho con él, más en tipos y ambientes que en la forma de escribir – aunque sus buenas novelas me gustan mucho.
      ¿La siguiente? Algo hay, pero todavía muy verde. Ya iré contando.
      Besazos, Vega

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