El Jirón de Niebla

Relatos Propios

«No hay relación entre la creatividad y la locura, creo que es justamente lo contrario. Todos estamos locos, o ansiosos, o deprimidos, o bebemos demasiado, o nos gusta el sexo demasiado, lo que sea, pero la manera de sobrevivir a todo ello es encontrar el modo de hacer algo creativo, eso es lo que consigue que a las tres de la mañana en lugar de pegarse un tiro en la cabeza, alguien se ponga a componer una sinfonía.»
James RhodesEntrevista publicada en Ruta 66 nº339, julio-agosto de 2016

El Jirón de Niebla y el Lubicán

Cuentan, mi señor, que aquella noche de enero Buenaventura volvía a casa por el camino de los tejos como si una estrella hubiese nacido en su regazo. El fuerte viento doblaba los roblicos de la majada hasta que sus ramas sin hojas arañaban el suelo y el granizo picoteaba su rostro con más saña que un enjambre de abejas enfurecidas, pero a él la risa le bailaba en los labios y traía una conversación consigo mismo que llenaba el aire de suspiros. Ella le había dicho que sí. Que hablara con su padre. Y la estrella creció en su pecho.

  Y cuentan que la luna, una luna como sólo pueden ser las lunas de enero, decidió asomarse para admirar a la estrella. Y el camino, antes todo oscuridad, tornó en plata y carbón. Y Buenaventura, aún sin verlos, sintió el resuello de cuatro lobos de tan pardos casi negros que pasaron por su lado corriendo como el diablo. Y cuando el mozo se supo salvo, cuando todo el vello de su cuerpo amansó y volvió en sí, oyó el gorgoteo de unas fauces ansiosas y algo desgarró su brazo hasta el hueso vivo. Y no recordó más.

Dicen, mi señor, que ella languideció en la espera, pues Buenaventura no regresó para hablar con su padre. Él despertó en su jergón a la mañana siguiente y buscó con sus manos la herida, pero no la encontró. Sólo una cicatriz violeta de cabo a rabo en su antebrazo. Algo nuevo había en su interior. Algo que recorría sus venas como un millón de hormigas hambrientas. Cuando se llegó a la cocina la vaharada de olores golpeó su olfato con la fuerza de un mazo: el rancio unto en el puchero, el pimentón y el orégano de la carne puesta en adobo; incluso el sudor agrio incrustado en las costuras del sayo de su madre. Durante los próximos días todo fue a peor. Conoció las intenciones de sus vecinos escondidas tras gestos y buenas palabras. Descubrió colores insospechados y supo de la podredumbre que acecha bajo unas mejillas rubicundas. Aborreció el fuego y la carne cocinada. Se le cerró la barba. Las hormigas en sus venas le empujaban hacia la sierra. Y cuando la siguiente luna se alzó en los cielos…

Han pasado unos cuantos inviernos desde aquello. Buenaventura es una criatura en la plenitud de su madurez: grande, fuerte… y solitaria. Le es difícil soportar a sus antiguos vecinos y los evita en lo posible. Ellos también lo hacen. Desde hace tiempo ya abundan las habladurías y las miradas torcidas. Tampoco le soportan aquellos con los que él sí quiere estar. “Eres demasiado humano” – le habían dicho – “No eres de fiar”. Y sabe que tienen razón.

Esta noche Buenaventura corre al límite de su aliento. Sabe que se ha arriesgado en demasía, pero el invierno viene duro y el sabor a sangre de la cordera que lleva entre los dientes le empujan más allá del cansancio. Siente sobre el pasto las pezuñas de los mastines cada vez más cercanos. Desde más atrás le llega el tufo a quemado en los fachones de los campesinos. También los oye: sus gritos, su ira. Su miedo.

La carrera le lleva hasta las proximidades de la ermita derruida junto al cruce de caminos. Sabe que si del pueblo vecino ha salido otra turba de cazadores los encontrará en pocos minutos y no habrá salvación, porque no le quedarán fuerzas para luchar contra todos. Percibe – ni huele ni ve – una sombra más oscura que las sombras junto a la tapia del camposanto. “Ven” – dice. Y va. No le queda otra.

La verja cubierta de herrumbre gira sin el más mínimo ruido. Buenaventura persigue al aire por entre las lápidas hasta la cripta de la ermita y allí ve como retazos de la misma noche toman cuerpo en una figura alta y sinuosa, que se mueve con la suavidad de las meruxas en la calma de la fuente. Así, se despoja de su largo abrigo de niebla, lo pliega con cuidado meticuloso y lo deposita sobre el ara, junto a un cabás de piel pulida por el tiempo. Se viene hasta él y, con dulzura, arranca la cordera de entre sus dientes y la deja descansar sobre el suelo de piedra. Luego, por un instante, roza con su mano la sudorosa fuente de Buenaventura. “Tú también, reposa” – dice. El alboroto de los perseguidores se pierde en la distancia.

– Sé lo que eres y sé lo que no eres – su acento evoca riscos escarpados en montañas lejanas – Nunca encontrarás la paz ni entre unos ni entre otros. Pero no eres el único. Somos más; de diferentes raíces pero todos iguales. Sabemos lo que significa estar maldito. Llegará un día en que ese algo que hay en tu interior, ese instinto enfurecido será dominado y tu alma romperá la sumisión. Entonces yo tendré una tarea para ti y podrás vivir entre los tuyos.

– ¿Y si no lo hago?

– Seguirás corriendo hasta el día de tu muerte. Perseguido por los que detestas. Rechazado por los que anhelas. Con la marca del mal en tu frente y cautivo del sabor de la sangre. Solo. Pero yo no puedo obligarte. Ofrezco una posibilidad. Puedes aceptar. O no.

En el ventanuco de la cripta la profunda negrura de la noche se difumina ya en grises. La figura se agacha junto a la cordera y acaricia con dedos finos la garganta herida. El aire parece moverse muy despacio allí dentro.

– Bien: es hora de partir – recoge el cabás de piel y dobla el abrigo sobre su brazo. Sacude una invisible mota de polvo en la solapa – Si te decides vuelve por aquí. Estaré al tanto.

– ¡Espera! ¿Qué tarea tienes para mi? ¿Cómo sabré si ha llegado el momento?

– Lo sabrás – y ya no está.

Buenaventura se encuentra aturdido, como si acabara de despertar bruscamente de un profundo sueño. Intenta atesorar cada detalle de la extraña entrevista, pero, más allá de las palabras, apenas le quedan intuiciones que los sentidos comunes no alcanzan a explicar. Tal vez, el filo aguzado de unos colmillos tras una sonrisa paciente.

Buenaventura permanece en la cripta mientras el sol se eleva sobre el horizonte. Luego sale a la luz de un nuevo día. Lleva la cordera entre sus brazos. Siente el corazón rebrincando tras las frágiles costillas. Siente la tenue suavidad de la lana contra su hirsuto pecho. En el mismo sitio donde, una vez, a él le nació una estrella.

La deja en el suelo y la anima a mantenerse sobre sus patas temblorosas.

-Vamos – dice – Hay que volver.

Publicado originalmente en el blog «Desde Sanabria» 09/02/2013

19 comentarios en “El Jirón de Niebla

  1. He visitado el enlace del blog. Es una año aún cercano, y ahí estás tù, tu estilo, y ese tono de sintaxis contenida que siempre me ha parecido admirable. Me gusta sobre todo cómo eres capaz de traducir esa contención en estilo y de acoger en ella, sin que te ardan las manos, la vibrante música del corazón. Un abrazo, Xibeliuss.

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    1. Muchas gracias, Eladio. Es curioso: hace muy poco otra lectora me hablaba también de esa contención… y no soy muy consciente de tenerla. En cualquier caso, comentarios como el tuyo son los que animan a enfrentarse al folio en blanco. Un abrazo

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  2. ·.
    Hay que tener suerte, que se te ocurra algo a las tres de la mañana, ymucha fuerza de voluntad para levantarse a escribir. Y Por lo visto, tu lo has conseguido.
    Y tal como te dije en su día, 13-02-13:
    «Pues sí. Es lo que te dicen, prosa poética. Un relato perfecto en el que bordas las palabras.
    Es difícil buscar el equilibrio, si no es imposible, entre el individuo y la manada. Difícil lo tiene el lobo, pero siempre sale airoso.
    · un abrazo (Coño, el lobo)»
    Eso, un abrazo

    LMA · & · CR

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    1. Con el paso de los años cada vez soy menos noctámbulo y más madrugador: si algún día compongo una sinfonía sé que es más fácil que sea al poco de levantarme que no cuando ya lleve todo el día en las espaldas 😀
      Abrazos, Ñoco

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  3. La vida está llena de lobos, de criptas fantasmales y de noches de luna llena donde todo puede ocurrir. Y sí, hay que estar muy cuerdo para saber encauzar la locura y reconvertirla en forma de sinfonía o texto. Solo así podremos escapar de ella, como Buenaventura escapa de la muerte o de su destino que parecen fabricarle otros.
    Saludos, Xibelius.

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  4. Que hermoso relato, Xibeliuss. No lo conocía. Muy apropiado para esta noche, y para esta luna que se alza hoy sobre nosotros, tan mágica. Me lo imagino, a tu solitario protagonista. En algún lugar, esperando. O quizás no, quizás ya no espera, contempla la luna, simplemente:)
    Una maravilla.
    Feliz noche, un beso;)

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  5. Anoche vimos salir esa luna juntos, fue un momento mágico.
    El humo ya se ha ido de los montes, son mucho más bonitos los abrigos de niebla.
    Un abrazo montuno, amigo.

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