Categoría: Libros

El Jinete y el Elefante

Una analogía que utilizó el psicólogo de la Universidad de Virginia, Jonathan Haidt en su maravilloso libro “The Happiness Hypothesis“. Haidt dice que nuestro lado emocional es un Elefante y nuestro lado racional es su Jinete. Encaramado sobre el Elefante, el Jinete sujeta las riendas y parece ser el líder. Pero el control del Jinete es precario porque es muy pequeño comparado con el Elefante. Cada vez que el Elefante, de seis toneladas, y el Jinete difieran con respecto a la dirección a seguir, el Jinete perderá. No tendrá nada que hacer. Muchos de nosotros estamos muy familiarizados con situaciones en las que nuestro Elefante se impone a nuestro Jinete […]
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Refranes y Aforismos

Cita: s. Repetición errónea de palabras ajenas
Aforismo: s. Sabiduría predigerida.
[Ambrose Bierce – El Diccionario del Diablo]

No me llevo bien con los refranes. Esos que la RAE define como “Dicho agudo y sentencioso de uso común” me parecen una colección de tópicos que tanto pueden “enseñar” una cosa como su contraria. No desdeño, por supuesto, su valor antropológico: estudiando el refranero podemos  aprender mucho de la vida de nuestros antepasados cuando la suya era una sociedad en su mayoría agraria, dominada por la religión y con unos principios morales propios de aquella situación. Pretender que estas toscas sentencias siguen representando a día de hoy la “sabiduría popular” equivale a pensar que un puñado de fábulas pastoriles del Oriente Medio de treinta siglos atrás deben ser norma para la humanidad del S.XXI.

Eko Aforismos y Máximas
Eko – Aforismos y Máximas

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El hombre que ríe

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“El lobo nunca mordía; el hombre algunas veces. Por lo menos, morder era la pretensión de Ursus. Ursus era misántropo y, para subrayar su misantropía, se había hecho titiritero. Y también para vivir, pues el estómago impone sus condiciones. Además, ese titiritero misántropo, sea para complicarse o sea para completarse, era médico. Médico es poco, y era ventrílocuo. Se le veía hablar sin que moviese la boca. Copiaba, hasta el punto de que se los confundía, el acento y la pronunciación de cualquiera; imitaba las voces de modo que se creía oír a las personas. Él solo producía el murmullo de una multitud, lo que le daba derecho al título de engastrimita. Él se lo apropiaba.”
Víctor HugoEl hombre que ríe

La sobrecogedora rareza de Víctor Hugo tuvo una impresionante versión cinematográfica dirigida en 1928 por Paul Leni y protagonizada por Conrad Veidt. En Queja y Cine publicaron una buena entrada sobre ella – que incluye, además, un enlace para ver en Youtube la película completa.

Conrad Veidt fue uno de los más famosos actores alemanes en la gran época del expresionismo alemán y su filmografía abarca títulos desde El Gabinete del doctor Caligari hasta Casablanca, lo que es todo un camino por recorrer. Fue también un hombre culto y comprometido en unos años en los que su país se fue al infierno: recomiendo darle un vistazo al menos a su artículo en wikipedia o, si se quedan con ganas de más, al extracto de sus memorias publicado en Señor Formica. Y sí: Bill Finger y Bob Kane usaron su caracterización como Gwynplaine para crear al Joker.

Paul Leni emigró a Hollywood en 1927 – el mismo año que Veidt – y de inmediato empezó a rodar para Universal Studios. Quizás estaba destinado al triunfo, como tantos otros ilustres exiliados en aquella misma época (de Lubitsch a Wilder, de Preminger a Zinnemann) pero murió en 1929, al poco de cumplir los cuarenta y cuatro años. En 1930, Universal inició su cadena de éxitos más recordada con las películas de terror de Tod Browning y James Whale (Drácula, Frankenstein) – que tanto en común tienen con el expresionismo alemán y con la obra del propio Leni.

En Bartleby y compañía Enrique Vila-Matas recoge otra cita de Víctor Hugo:

“Hay algunos hombres misteriosos que no pueden ser sino grandes. ¿Por qué lo son? Ni ellos mismos lo saben. ¿Lo sabe acaso quien los ha enviado? Tienen en la pupila una visión terrible que nunca los abandona. Han visto el océano como Homero, el Cáucaso como Esquilo, Roma como Juvenal, el infierno como Dante, el paraíso como Milton, al hombre como Shakespeare. Ebrios de ensoñación e intuición en su avance casi inconsciente sobre las aguas del abismo, han atravesado el rayo extraño de lo ideal, y éste les ha penetrado para siempre… Un pálido sudario de luz les cubre el rostro. El alma les sale por los poros. ¿Qué alma? Dios.”

Yo no sé si Leni era uno de los elegidos de los que habla Víctor Hugo; lo que sí tengo claro es que, al contrario de los autores que Vila-Matas recoge en su libro, él tenía intención de seguir creando tanto como le fuera posible.

Y al final todo quedó en ruido.

Ruido de palabras,
Ruido de miradas,
Ruido de escaleras
Que se acaban por bajar.

Ruido de (demasiados) cuentos,
Ruido de (demasiados) egos,
Ruido años perdidos,
Ruido embrutecido.

Se borraron las pisadas,
Tan poco silencio,
Se apagaron los latidos,
Tampoco el silencio.

Y al final números rojos
En la cueva del olvido,
Y hubo tanto ruido
Que al final llegó el final.

Ruido, ruido, ruido.
Silencioso ruido.

Sabina con interferencias
(¿Una entrada como ésta es posible bajo la nueva Ley de Propiedad Intelectual ?)

El tiempo y Kurt Vonnegut: así debe ser

Me gusta Rosa Montero. Más como entrevistadora que como narradora, debo decirlo y, aún así, a menudo estoy en desacuerdo con ella: como cuando dice que nunca se debe releer un libro. Reconozco que tiene sentido: tanto por leer, tan poco tiempo – si sumas películas, música, cómics, viajes, etc, es posible que la totalidad del círculo de la reencarnación hindú se nos quede corto a muchos – pero evitar la releectura nos privaría de placeres como, en mi caso, volver al Matadero Cinco de Kurt Vonnegut más de veinte años después (y con al menos veinte años más de experiencia).

Vonnegut por Mark Summer

Veinte años son nada” dice el tango arquetípico, y miente: a mí veinte años me han provocado agujeros en la memoria por donde caben obras maestras de la novela. Como el Matadero, sin ir más lejos. Hace poco escribí un cuento en el que se podía leer:

“Aquí el tiempo no es una línea en la que partes de un sitio y llegas a otro, en la que puedes ver hacia atrás pero nunca adelante. En la que sabes que hay un final irremediable, pero nada más, el trayecto es una incógnita. Aquí estamos en el centro de una esfera donde los momentos, todos los momentos, son puntos en la superficie. Todos están a la misma distancia y no hay nada que te impida verlos. Un acontecimiento nuevo es un lugar en el que nunca antes habías fijado la mirada. Pero eso no significa que no estuviera allí.”

y quedé muy satisfecho de mi ingenio. No recordé – aunque lo había leído ya – que en 1969 Vonnegut lo publicó así:

“Esta fue la primera vez que Billy se alejó del tiempo. Primero su atención empezó a recorrer el arco iris completo de su vida y llegó hasta la muerte, que era una luz violeta. No había nadie ni nada, sólo aquella luz violeta y un zumbido.”

y más:

“Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y siempre existirán. Los tralfamadorianos pueden contemplar todos los momentos diferentes de la misma forma que usted, por ejemplo, puede observar cualquier trecho de las Montañas Rocosas, Se dan cuenta de la permanencia de todos los momentos, y pueden contemplar cualquiera de ellos que les interese. Aquí en la Tierra creemos que un momento sigue a otro, como los guisantes dentro de la vaina, y que cuando un momento pasa ya ha pasado para siempre, pero no es más que una ilusión. Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver, todo lo que se le ocurre pensar es que la persona muerta se encuentra en malas condiciones en aquel momento particular; pero sabe que aquella misma persona puede encontrarse estupendamente en muchos otros momentos.”

Hay diferencia, ¿verdad?. Vonnegout suele ser catalogado entre los escritores de ciencia ficción. Y sin embargo en Matadero Cinco él dice que lo que quiere transmitir es una imagen clara de una realidad que vivió: el bombardeo de Dresde  en el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando era prisionero de un ejercito alemán en descomposición y restaban apenas tres meses para el final de la contienda.Y pese a todo, todo lo mucho que vio y vivió, no busca culpables. Sólo cuenta su sensación de irrealidad. De surrelismo en vivo y en directo.

Hay grandes escenas en Matadero Cinco. Otra de ellas nos la encontramos en las primeras páginas, cuando la esposa de un amigo del escritor, contraria a la guerra, le dice:

“—¡Entonces no erais más que niños!

—¿Qué? —pregunté.

—Durante la guerra no erais más que unos niños, como los que ahora juegan arriba.

Asentí. Era cierto, durante la guerra no éramos más que unos necios e ingenuos bebés, recién sacados del regazo de la madre.

—Pero no lo escribirás así, claro —prosiguió. No era una pregunta; era una acusación.

—Yo… no sé —balbucí.

—Pues yo sí que lo sé —exclamó—. Pretenderás hacer creer que erais verdaderos hombres, no unos niños, y un día seréis representados en el cine por Frank Sinatra, John Wayne o cualquier otro de los encantadores y guerreros galanes de la pantalla. Y la guerra parecerá algo tan maravilloso que tendremos muchas más. Y la harán unos niños como los que están jugando arriba”

Y él responde:

“—Mary —dije—, no creo que nunca llegue a terminar ese libro. Hasta este momento habré escrito por lo menos cinco mil cuartillas, y todas las he quemado. Sin embargo, si algún día lo termino, te doy mi palabra de honor de que no habrá ningún papel para Frank Sinatra o John Wayne… Y además —añadí—, lo llamaré La Cruzada de los Inocentes.”

No hagan caso a Rosa Montero. Hártense de rabos de pasa o vuelvan a Kurt Vonnegut. Y si no lo conocen ¡Corran a su biblioteca más cercana!

Así debe ser.

¿Pío-pío-pi?

Pd. La ilustración de Kurt es obra de Mark Summer. Pueden ver más de su trabajo aquí (creo que les va a gustar)

De lugares no del todo ficticios, canciones sobre perdedores y novelas de a duro

Yo no he estado, pero dice la wikipedia que Baker Street es una calle londinense del West End, la zona acomodada de la ciudad, y se extiende hacia el sur desde Regent’s Park hasta Oxford Street. Para quienes no residimos en la ciudad y además somos aficionados a cierto tipo de lecturas, su dirección más significativa es el número 221B, la casa en el que la Señora Hudson hospedó a Sherlock Holmes. El personaje creado por Arthur Conan Doyle, si bien no puede decirse que fuese el primero, se convirtió en poco tiempo en el arquetipo de los detectives de ficción de la novela policial. En realidad, el inmueble 221B de Baker Street nunca ha existido: el escritor utilizó un juego – crear o nombrar un lugar ficticio dentro de otro real y hasta fácil de reconocer – que ha tenido innumerables practicantes en todo tipo de narrativas, desde la Vetusta de Clarín al curioso caso de Gotham/Metropolí de los cómics DC, las dos caras de Nueva York según el protagonista sea Batman o Superman.

El género detectivesco sufrió pocos años después una auténtica revolución, surgida desde las más humildes editoriales norteamericanas – las de las novelas de a centavo o pulp – en la que una serie de autores encabezados por Dashiell Hammet decidieron que la inteligencia del protagonista o la propia resolución del crimen tenía menos importancia que el retrato, a menudo duro y despiadado, de ciertos estratos de la sociedad – tramposos, corruptos, perdedores – con la que la mayoría de los detectives anteriores no habían querido mezclarse. Se llamó Novela Negra y pronto se apoderó de la práctica totalidad del género, con versiones diferentes en casi cualquier lugar del mundo.

Baker Street es también una canción que narra una historia de perdedores, desarraigados en la ciudad y aficionados al frasco, que sueñan sin mucha esperanza en salir algún día de la miseria y la alienación. La escribió Gerry Rafferty, un músico escocés que en distintos momentos de los ’70 pareció capaz de encontrar un sitio entre los más grandes. Se movía con soltura en ese espacio que va desde el Dylan menos arisco al soft rock californiano, sin olvidar los logros del pop rock inteligente británico. De músico callejero pasó a tener éxitos locales con The Humblebums y luego ya auténticos números 1 integrado en Stealers Wheels, aunque el grupo se deshizo casi de inmediato entre una catarata de querellas cruzadas que le dejaron tres años sin poder grabar. Hasta 1978 no logró publicar City to City, el disco por el que será recordado y que incluye Baker Street. Pero para bien o para mal, la marea punk cambió el paradigma de la música rock y la carrera de Rafferty se diluyó en la indiferencia, salvo tal vez a nivel local y unos cuantos irredentos desperdigados por el mundo.

En 1991 Baker Street  – la canción – era carne de emisora oldie y City to City sólo una portada habitual en los catálogos de serie media de las discográficas. En Los Angeles un ratón de videoclub, friki de la cultura popular más básica, está a punto de estrenar su primera película como director, un argumento de serie negra pura tratado con la frialdad y el minimalismo del polar francés y ambientada con una exquisita selección de oscuros éxitos menores de los ’70. En la escena que se convirtió en el mascarón de proa de la película sonaba Stuck in the middle with you, de Stealers Wheels. Sí, el grupo de Rafferty. Las ventas del catalogo subieron como la espuma.

Reservoir Dogs – la película de la que hablamos – convierte a Quentin Tarantino – el ratón de video club – en el director con el que en Hollywood todos quieren trabajar, ya sea estrella en declive como Travolta o en pleno auge como Bruce Willis. Él responde con una obra maestra absoluta de la cultura popular: Pulp Fiction – un título que es todo un homenaje –, una actualización de historias añejas que gran parte del público reconoce como parte de un acervo propio: el boxeador sonado, los torpedos – matones por encargo o la mujer fatal, bella y peligrosa. Para la banda sonora, el director recurre en esta ocasión a la música surf de los primeros ’60, pero tampoco olvida a contemporáneos y de estética similar a nuestro Gerry: Neil Diamond, aunque interpretado por Urge Overkill, suena en una de las escenas más sugerentes de Uma Thurman.

Tarantino decía, al menos en aquellos años, que siempre tenía la música en la cabeza cuando escribía una escena y que si no conseguía los derechos tenía que escribirla de otra forma. Resulta curioso que la escena de la muerte de Vincent Vega, una de las más impactantes del guión, quedase sin música en el montaje final. ¿La pensó siempre así Tarantino?

Pd. Toda esta parrafada es la introducción al nuevo relato de nuestro Club de Lectura. Si todo va como debiera, lo tendrán en su correo en un plazo muy breve – y si todavía no se han suscrito, siempre pueden hacerlo en este enlace, como siempre sin compromiso y de manera totalmente gratuita.