Oscuro bosque Volpi

letra y música

“Gracias a los guijarros luminosos,
uno tras otro, uno tras otro,
a los guijarros como espejos,
uno tras otro, uno tras otro,
los hermanos lograron escapar del oscuro bosque oscuro y regresaron a casa, sanos y salvos,
regresaron y su madre los miró y enfureció,
les dijo perezosos dónde han estado, les dijo,
y les ordenó irse a dormir sin más nada de cenar, sin más nada, perezosos,
mañana iremos por más leña,
mañana muy temprano al oscuro bosque oscuro.”
[…]
“Su primera noche en las barracas, Luk Embler sueña que es hijo de un rey y que en el silencio del
bosque encuentra a una princesa.
El sargento Amat sueña con un corcel azul,
un corcel azul con una montura recamada en oro,
sueña que cabalga el corcel azul hasta llegar a un castillo con torres de cucurucho e inmensos
ventanales,
sueña que se detiene frente al castillo,
sueña que desmonta del hermoso corcel azul
y sueña que, antes de entrar en el castillo, el castillo con inmensos ventanales y torres de
cucurucho,
dispara su revólver y el hermoso corcel azul se desploma sobre la nieve como un fardo.
Jon Guridien sueña que una tribu de enanos lo persigue.
Erno Satrin sueña con una sala de concierto,
un piano en el escenario vacío de una sala de concierto,
un piano del que emana una lenta melodía,
un piano que se resquebraja en mil pedazos.
El subteniente Drajurian sueña con las nalgas de su amada.
Tesa, la prometida del subteniente Drajurian, se sueña enferma,
muy enferma,
invadida por una hiedra que crece lentamente en sus entrañas.
El capitán no recuerda sus sueños.”

Letras: Jorge VolpiOscuro bosque oscuro

Música: Miles Davis (w. Gil Evans)The Pan Piper – Sketches of Spain

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El Otoño del

Fotografía

“Allí estaba, el viejo Encantador, el Actor, con su retórica habitual, el histrionismo, el toque sentimental… y los pacientes riéndose a carcajadas convulsivas. Bueno, todos no: los había que parecían desconcertados, y otros como ofendidos, uno o dos parecían recelosos, pero la mayoría parecían estar divirtiéndose muchísimo. El Presidente conmovía, como siempre, a sus conciudadanos… pero los movía, al parecer, más que nada, a reírse. ¿Qué podían estar pensando los pacientes? ¿No le entenderían? ¿Le entenderían, quizás, demasiado bien?
[…]
¿Por qué todo esto? Porque el habla (el habla natural) no consiste sólo en palabras ni (como pensaba Hughlings Jackson) sólo en «proposiciones». Consiste en expresión (una manifestación externa de todo el sentido con todo el propio ser), cuya comprensión entraña infinitamente más que la mera identificación de las palabras. Ésta era la clave de aquella capacidad de entender de los afásicos, aunque no entendiesen en absoluto el sentido de las palabras en cuanto tales. Porque, aunque las palabras, las construcciones verbales, no pudiesen transmitir nada, per se, el lenguaje hablado suele estar impregnado de «tono», engastado en una expresividad que excede lo verbal… y es esa expresividad, precisamente, esa expresividad tan profunda, tan diversa, tan compleja, tan sutil, lo que se mantiene intacto en la afasia, aunque desaparezca la capacidad de entender las palabras. Intacto… y a menudo más: inexplicablemente potenciado…
[…]
De ahí la sensación que yo tengo a veces, que tenemos todos los que trabajamos en estrecho contacto con afásicos, de que a un afásico no se le puede mentir. El afásico no es capaz de entender las palabras, y precisamente por eso no se le puede engañar con ellas; ahora bien, él lo que capta lo capta con una precisión infalible, y lo que capta es esa expresión que acompaña a las palabras, esa expresividad involuntaria, espontánea, completa, que nunca se puede deformar o falsear con tanta facilidad como las palabras…
[…]
«Se puede mentir con la boca», escribe Nietzsche, «pero la expresión que acompaña a las palabras dice la verdad». Los afásicos son increíblemente sensibles a esa expresión, a cualquier falsedad o impropiedad en la actitud o la apariencia corporal. Y si no pueden verlo a uno (esto es especialmente notorio en el caso de los afásicos ciegos) tienen un oído infalible para todos los matices vocales, para el tono, el timbre, el ritmo, las cadencias, la música, las entonaciones, inflexiones y modulaciones sutilísimas que pueden dar (o quitar) verosimilitud a la voz de un ser humano.

En eso se fundamenta, pues, su capacidad de entender… Entender, sin palabras, lo que es auténtico y lo que no. Eran, pues, las muecas, los histrionismos, los gestos falsos y, sobre todo, las cadencias y tonos falsos de la voz, lo que sonaba a falsedad para aquellos pacientes sin palabras pero inmensamente perceptivos. Mis pacientes afásicos reaccionaban ante aquellas incorrecciones e incongruencias tan notorias, tan grotescas incluso, porque no los engañaban ni podían engañarlos las palabras. Por eso se reían tanto del discurso del Presidente.
[…]
Emily D. oyó también, impasible, el discurso del Presidente, afrontándolo con una extraña mezcla de percepciones potenciadas y disminuidas… precisamente la contraria de la de nuestros afásicos. El discurso no la conmovió (ningún discurso la conmovía ya) y se le pasó por alto todo lo que pudiese haber en él de evocativo, genuino o falso. Privada de reacción emotiva, ¿la conmovió, pues (como a todos nosotros) o la engañó el discurso?

—No es convincente —dijo—. No habla buena prosa. Utiliza las palabras de forma incorrecta. O tiene una lesión cerebral o nos oculta algo.

[…]
Ésa era, pues, la paradoja del discurso del Presidente. A nosotros, individuos normales… con la ayuda, indudable, de nuestro deseo de que nos engañaran, se nos engañaba genuina y plenamente («Populus vult decipi, ergo decipiatur»). Y el uso engañoso de las palabras se combinaba con el tono engañoso tan taimadamente que sólo los que tenían lesión cerebral permanecían inmunes, desengañados.”

Oliver SacksEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero, 1985

Vivero

Fotografía

“Intento ser como el tejón de “El viento entre los sauces“, símbolo del sentido común, el coraje y la determinación, sabio ermitaño, leal con sus amigos, amante del buen tiempo y de los rayos del sol, y busco el equilibrio entre lo que yace bajo la tierra y lo que descansa sobre ella…”

Hay un proverbio – oriental, por supuesto – que dice que el mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años; y el segundo mejor momento es AHORA.

Me he aplicado el cuento y, como buen alumno, tengo un maestro – aunque sea en la distancia (física): Se llama Jesús Ángel Gómez Pereda, El Hombre que Planta Árboles (y los regala a quienes cree que los cuidarán como se merecen). Un abrazo para todos, amigo.

Intento ser como El Tejón de “La Cueva del Tasugo“…

Ésta es mi manera  de empezar

“…no alegrará mi efigie el censo de monumentos”

Música

Escribí este texto hace cinco años, para “Igual te Interesa“. Hoy Javier Krahe ha decidido guardar definitivamente su tirachinas y, mira, creo que es un buen momento para recuperarlo.

JavierKrahe

Cuando yo era un crío había unanimidad entre los chavales del barrio en considerar a Dylan un pelma, a Neil Young un cursi que a veces soltaba algún guitarrazo y se decía que la escucha continuada de Leonard Cohen provocaba una catalepsia fulminante -posiblemente irreversible. Dentro del panorama nacional, figuras como Serrat o Labordeta nos inspiraban el mismo respeto que Paloma San Basilio: ninguno.

Nosotros estábamos en el Rollo. Escuchábamos a los Stones y el Made in Japan e íbamos, cuando eran gratis, a los conciertos de los grupos del selllo Chapa. En las revistas que compraban nuestras madres salían fotos de chavales cargados de imperdibles en un Londres muy lejano. Aquí teníamos a Ramoncín y algunos hablaban de la Banda Trapera del Río. Los más modernos se juntaban en el Drugstore de la calle Fuencarral: una panda de niños bien que tocaban en Colegios Mayores. Un día fuimos a tirarles cosas. Alaska medía medio metro -como ahora, pero no tenía las tetas tan grandes. Se llamaba Olvido.

Uno de los mayores nos llevó, en cuadrilla, a un local de la Cava Baja. Un sótano lleno de barbas, trenkas y pantalones de pana. Bueno, en eso no había mucha diferencia. En un momento dado, dos de los barbudos y un calvo con bigote abandonaron la barra a regañadientes, cogieron las guitarras y se pusieron a tocar sin más ceremonia. Sus canciones hablaban del tamaño del miembro viril, del entierro de Franco, de esposas adúlteras de vendedores de pararrayos. Una, muy celebrada, sobre lo triste que era Madrid -mira, como la de Leño. Yo me quedé impactado.

Tardé unos años en volver a verlos, ya cada uno por su cuenta. Hasta las “24 Horas del Estudiante y la Radio“. Otro hito: imagínense el Palacio de los Deportes de Madrid abarrotado. Anuncian por megafonía que el alcalde nos va a dirigir unas palabras. Quien más quien menos se teme un tostón de media hora. Sube al escenario Enrique Tierno Galván. “El que no esté colocado, que se coloque. ¡Y al loro!” Y se va. El Palacio se viene abajo. Allí, Joaquín Sabina demostró que ya era una estrella. Y Javier Krahe que también sabía apoderarse de las grandes audiencias. No quiso seguir por ese camino. Alberto Pérez, por su parte, vivió poco después sus minutos de fama reconvertido en posmoderno cantante de boleros. De los que nunca sabes si se lo está tomando en serio.

Desde entonces he visto a Javier Krahe tantas veces como he podido. Maneja el idioma al nivel de un poeta mayor -esas métricas- y es un original músico. Se siente a gusto en su papel: un grupo fiel de seguidores, locales pequeños, algún disco cuando se tercia. Si tenéis tiempo, os recomiendo ver el documental “Esta no es la vida privada de Javier Krahe” (Ana Murugarren, Joaquín Trincado -2006), disponible en youtube  Una buena manera de asomarse al personaje.

Podría llenar entera la sección de Versos Inauditos con sus letras, así que pondré un aperitivo y os reenvío a Proyecto Krahe por si os quedáis con ganas de más. Espero que sí.

Gracias a mi conducta vagamente antisocial
temo no verme nunca encaramado a un pedestal:
no alegrará mi efigie el censo de monumentos,
no vendrán las palomas a rociarme de excrementos.
Y es una pena, la verdad,
porque sería muy bonito
seguir de adorno en mi ciudad
sobre un bloque de granito.

(… Y todo es Vanidad – Corral de Cuernos, 1985)

Y si no soy quien soy, es una ingenuidad
creer que si me ahorco tengo libertad,
más que para escoger la soga.
¡Mi asesino es usted!, ¿ por qué no lo iba a ser ?,
representa la ley, simboliza el poder,
el poder y quién se lo arroga…”.
Aquí ya me indigné y di la carta al ujier,
-Archive esto por ahí- no lo podréis creer,
escribía arroga con h, escribía arroga con h.
Y las faltas así, desde hace ya algún tiempo,
es que no las aguanto me ponen a cien,
estaré atravesando un bache.

(Señor Juez – Aparejo de Fortuna, 1984)

Te conocí a media tarde
y a media tarde te pierdo,
minutos tuve tu risa,
minutos sólo tus besos.
Mi corazón entornado
tú lo querías abierto
de par en par,
de par en par lo querías
y yo guardaba silencio.

(Sortijas y gestos – Querencias y Extravíos, 2007)

“Para siempre esta vez,”-dijo- “me
voy a echar en brazos de Morfeo,
ya no te veré más, no me
puedes negar mi último deseo:”
Con un hilo de voz, el enfermo expresó,
su voluntad postrera
no diremos cuál fue, sólo que ella accedió,
¡bravo por la enfermera…!
Y fue al desabrocharse ella el quinto botón
de los seis de la bata,
que por la enfermedad, o bien por la emoción,
él estiró la pata…
Pero lo grave estuvo, en que estiró algo más.
Y un algo tan notorio
que los deudos al verlo exclamaron: ¡jamás!,
¡jamás iremos al velorio!.

(Don Andrés Octogenario – Valle de Lágrimas, 1980)

¡Hasta luego y gracias por todo, Javier Krahe!

Pd. ¡Y he terminado sin nombrar a George Brassens!

(Publicación Original: Abril de 2010)