Etiqueta: El bar

Un perro viejo

Amadeo Oliván apuró su martini y dejó la copa sobre la barra. Bailoteó el pipo de la aceituna entre sus labios cerrados. Nunca dejó de mirar a Del Saco. Del Saco no era lo que parecía. No era viejo. No era lento. No era servil. Se contaban muchas cosas feas sobre él desde que empezó a hacerse un nombre en los mercados de Legazpi. Tenía unas manos enormes e inclinaba la cabeza al hablar, por lo que siempre daba la sensación de mirar mal, de estar a punto de liarse a guantazos. Tenía el pelo cano y los hombros cargados. Tenía las ojeras abultadas y las mejillas hundidas. Parecía un enterrador y no lo era. En sentido estricto, no.

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Don Nemesio del Moral

Si ya en los evangelios se cuenta aquello del hombre rico, el camello y el ojo de la aguja, imaginen lo fatigoso que era en los años del desarrollismo encontrar un constructor honrado. Don Nemesio del Moral nunca intentó serlo. Ni tentaciones: él era un pistolero de la vieja escuela, un hueso demasiado duro para cualquier otro perro, un cabrón con pintas celoso de sus logros – él mismo, el primero. Se puede y debe reconocer que era bueno en lo suyo. Depredador, sí. Voraz, también. Pero siempre con extrema cautela y siempre cuidando del negocio. Del propio, claro, no del de los demás.

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Lejos de casa

Buenos días, Catalina, buenos días mi dolce amor. Espero que al recibo de la presente te encuentres bien; yo bien, gracias a Dios.

No quiero que te enfades conmigo, ni que te formes malos pensamientos si tardo en escribir. ¡Qué más me gustaría a mí que poder dedicarte todo el tiempo de mi vida, o, mejor aún, quedarme a tu lado y no partir jamás! El tiempo es algo que cuesta dinero aquí en la ciudad y conseguir dinero es lo único que me retiene, lo único que me impide volar hacia tus brazos, hacia el nuesu fogar.

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La Finca

En el principio fue La Finca, una extensión de huertas medio abandonadas y pastizales al norte de Las Ventas. No muy lejos de allí pasaba la carretera de Barcelona, donde el trasiego de mercancías había traído primero almacenes y luego algunas pequeñas industrias. A su alrededor fue creciendo un barrio de trabajadores, sin lujos, pero con aspiraciones. Cuando al fin erigieron la iglesia, el barrio se hizo parroquia y tomó su nombre: San Lucas Evangelista.

Pronto llegaron los años de la gran emigración, el tiempo en el que las ciudades tocaron a rebato y los pueblos se desangraron tras entregar su capital humano a cambio de desprecio e insultos. O de nada. No había entonces casas para todos ni dinero con qué pagarlas: surgieron así barrios enteros en cuestión de semanas, barracas levantadas en una noche a base de ladrillos de derribo, chapas, cartones o lo que cada uno se pudiera mercar. Con la ayuda de los vecinos y una propina al sereno para que mirase hacia otro lado.

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El bar del Tío Tijeras

Nunca hubo otro bar como el del Tío Tijeras. Era algo de lo que pronto te dabas cuenta: nada más cruzar la entrada y encontrarte, a mano derecha, con una barra donde las lámparas tiffany lucían sobre fuentes de callos con chorizo, gallinejas y caracoles en salsa. Para mayor comodidad de los clientes, la barra se remataba por abajo con un reposapiés de latón dorado y por arriba, a la altura de los codos, con una banda acolchada de eskai rojo, a juego con los cuatro o cinco taburetes – no siempre había los mismos – que se alzaban entre la montaña de todas esas cosas que en un bar de ley deben tirarse al suelo. Hay que decir en favor del Tío Tijeras que él se esforzaba en mantener limpio el local, que, en cuanto tenía un rato libre tiraba de bayeta y escoba sin remilgos; pero también es cierto que los ratos libres no sobraban y que bastaba el paso de un pequeño grupo de parroquianos – a veces uno sólo – para que todo quedase como antes.

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