Sobre los clásicos

Viajes

«Vivamos, Lesbia mía, y amemos;
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
Se pone y sale el sol, mas a nosotros,
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento…
Después, cuando sumemos muchos miles,
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos»

Bartleby

Libros

«Al día siguiente noté que Bartleby no hacía más que mirar por la ventana, en su sueño frente a la pared. Cuando le pregunté por qué no escribía, me dijo que había resuelto no escribir más.
—¿Por qué no? ¿Qué se propone? —exclamé—, ¿no escribir más?
—Nunca más.
—¿Y por qué razón?
—¿No la ve usted mismo? —replicó con indiferencia.
Lo miré fijamente y me pareció que sus ojos estaban apagados y vidriosos. En seguida se me ocurrió que su ejemplar diligencia junto a esa pálida ventana, durante las primeras semanas, había dañado su vista.
Me sentí conmovido y pronuncié algunas palabras de simpatía. Sugerí que, por supuesto, era prudente de su parte el abstenerse de escribir por un tiempo; y lo animé a tomar esta oportunidad para hacer ejercicios al aire libre. […] Pasaba el tiempo. Ignoro si los ojos de Bartleby se mejoraron o no. Me parece que sí, según todas las apariencias. Pero cuando se lo pregunté no me concedió una respuesta. De todos modos, no quería seguir copiando. Al fin, acosado por mis preguntas, me informó que había resuelto abandonar las copias.
—¡Cómo! —exclamé—. ¿Si sus ojos se curaran, si viera mejor que antes, copiaría entonces?
—He renunciado a copiar —contestó y se hizo a un lado.
Se quedó como siempre, enclavado en mi oficina.
¡Qué! —si eso fuera posible— se reafirmó más aún que antes. ¿Qué hacer? Si no hacía nada en la oficina: ¿por qué se iba a quedar? De hecho, era una carga, no sólo inútil, sino gravosa. […] Lo más bondadosamente posible, le dije a Bartleby que en seis días debía dejar la oficina. Le aconsejé tomar medidas en ese intervalo, para procurar una nueva morada. Le ofrecí ayudarlo en este empeño, si él personalmente daba el primer paso para la mudanza.
—Y cuando usted se vaya del todo, Bartleby —añadí—, velaré para que no salga completamente desamparado. Recuerde, dentro de seis días.
Al expirar el plazo, espié detrás del biombo: ahí estaba Bartleby.
Me abotoné el abrigo, me paré firme; avancé lentamente hasta tocarle el hombro y le dije:
—El momento ha llegado; debe abandonar este lugar; lo siento por usted; aquí tiene dinero, debe irse.
—Preferiría no hacerlo —replicó, siempre dándome la espalda.
—Pero usted debe irse.
Silencio»
Herman Melville – «Bartleby, el escribiente«

Así como nunca te bañas dos veces en el mismo río, al final de un viaje nunca regresas al mismo punto de partida.
El carrusel no se detiene.

Pd. ¿Recuerdan aquel proyecto con Fidel @M0uz0 del que les hablé? Pues es un podcast y ya se ha publicado la primera entrega: pueden encontrarlo aquí o aquí: ¿Es posible que La Mancha de Don Quijote no fuera la que se cree?

Hay un escritor

Relatos Propios

Hay un escritor que debe escribir un cuento:

«[…]Desde entonces Sarah Winchester dedicó su vida a la construcción de la mansión que hoy lleva su nombre; un edificio imposible, inhabitable, con puertas que se abren al vacío, escaleras que acaban contra los muros y salones sin acceso… Un dibujo de Escher erigido en ladrillo y estuco. Durante cuarenta años, hasta el mismo momento de su muerte, Sarah dirigió personalmente las obras, sin un solo día de descanso. Se piensa que quiso así tener ocupados a los malos espíritus, perdidos en el laberinto en el que convirtió su mansión.»

Herramientas

Fotografía

«Aunque seguimos empeñados en hablar de la «invención» de la agricultura como si hubiese sido idea nuestra, como la contabilidad de partida doble o la bombilla, lo cierto es que tiene el mismo sentido considerar la agricultura como una brillante (aunque inconsciente) estrategia evolutiva por parte de las plantas y animales involucrados en la tarea de servirse de nosotros en pro de sus intereses.

El Jinete y el Elefante

Libros

«Una analogía que utilizó el psicólogo de la Universidad de Virginia, Jonathan Haidt en su maravilloso libro «The Happiness Hypothesis«. Haidt dice que nuestro lado emocional es un Elefante y nuestro lado racional es su Jinete. Encaramado sobre el Elefante, el Jinete sujeta las riendas y parece ser el líder. Pero el control del Jinete es precario porque es muy pequeño comparado con el Elefante. Cada vez que el Elefante, de seis toneladas, y el Jinete difieran con respecto a la dirección a seguir, el Jinete perderá. No tendrá nada que hacer. Muchos de nosotros estamos muy familiarizados con situaciones en las que nuestro Elefante se impone a nuestro Jinete […]