Batería en recarga

Fotografía

“–Tranquilos… Asomarán enseguida… Manteneos tranquilos.

Concentradísimo, agachado sobre el cascabel del cañón número 11, el torso desnudo mostrando la piel llena de tatuajes que parece una capilla azul, trocado el gorro de artillero por un pañuelo en torno a la frente, la coleta bien atada en la nuca y los ojos entornados para que no lo deslumbre la claridad de afuera, el cabo Pernas sostiene en alto el tirador de la llave de disparo. A su lado, con un grueso cartucho de pólvora en una mano, dispuesto a pasarlo en cuanto se le reclame, y comiéndose las uñas de la otra, Nicolás Marrajo intenta no pensar en nada. En torno a la cureña que sostiene el pesado tubo de hierro negro, los otros diez servidores aguardan como él, intentando ver algo a través de la porta levantada, por la que sólo se distingue el mar a un lado y al otro las velas de cuatro navíos franceses que se alejan hacia el sudoeste, en alguna maniobra cuya comprensión escapa a los hombres confinados en la batería principal del Antilla. La misma escena se repite en cada uno de los otros trece cañones de la banda de estribor, entre el humo de las mechas que arden despació en sus tinas. El silencio de los hombres es absoluto, y sólo lo turban el cañoneo lejano que se oye afuera, el ruido del agua al pie mismo de la portería y los crujidos del navío al moverse despacio en la marejada. Callan todos: los dos oficiales de la batería, el tambor con las baquetas apoyadas en el parche esperando la orden de redoblar a combate, los infantes de marina de guardia en las escotillas o dispuestos en grupos para tirar por las portas, los pajes y grumetes encargados de la cartuchería junto a la escotilla del pañol de la pólvora. En mi perra vida, piensa Marrajo, hubiera creído que trescientos tíos pudieran estar callados de esta manera. Y la verdad es que acojona.

–Ahí asoman… Atentos a la orden… Atentos.

Marrajo, como sus compañeros, no sabe qué diablos va a asomar, ni por dónde. Salvo que están a punto de intervenir en una batalla enorme, ignora todo lo que está ocurriendo afuera. Si ganan. Si pierden. Si empatan. Ni siquiera el veterano Pernas, con todo su golpe de coleta y sus tatuajes de vírgenes y cristos, tiene pajolera idea de lo que ocurre, aunque tenga más posibilidades de imaginarlo. Hasta puede que el propio don Ricardo Maqua y el joven teniente de artillería no sepan mucho más. Tampoco es que haga mucha falta, piensa el gaditano con amargura, mirando de reojo la frente arrugada y la boca muy abierta de su compadre Curro Ortega. Lo que se espera de ellos, como del resto de los hombres de la primera batería, es que cuando empiece la acción carguen y disparen, carguen y disparen sin descanso, hasta que sean heridos, mueran, se rindan o venzan. Y no hay más.”

Arturo Pérez-ReverteCabo Trafalgar – Ed. Alfaguara, 2004

Amigos, comienza el verano en serio y, al menos para mí, es una estación que se lleva mal con esto de mantener un blog con una actividad decente. Así que, como todos los años, doy un pasito de lado y reduzco la presencia: seguiré publicando algunas cosas, tanto aquí como en las demás redes, intentaré estar al tanto de sus noticias… pero desde una distancia más amplia de lo habitual.

Así que disfruten el verano, quienes puedan y quieran y volveremos en serio en un par de meses.

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