Etiqueta: Relatos

Estío

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No hay una mancha en el cielo.

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Investigación

Vuelvo a escarbar en el archivo. Hace unos días les comenté como mis personajes Indio y Tebib pasaron del cómic al texto; hoy quiero presentarles el primer relato en el que aparecen los dos policias. Fue escrito con anterioridad a “La Estación de Chamberí” y relata hechos inmediatamente anteriores a esta historia; es más: durante un tiempo intenté ensamblarlo todo en un único argumento. ¿Recuerdan el capítulo final de “La Estación...”? El Indio preguntaba por una mujer. Entonces, algunos de los lectores del blog donde se publicó, creyeron que dejaba un final abierto. En realidad tenía que ser el cierre, el punto en común de tres líneas argumentales diferentes.

Una última advertencia antes de empezar: EL TEXTO ES MUY EXPLICITO. Como se suele decir: “Puede herir la sensibilidad de algunas personas“. Ustedes deciden.

Tom Sodoge

Foto número uno. Vagabundo sentado en el suelo junto a una valla de alambre. Las manos atadas con cable sobre su cabeza. Garganta desgarrada, jirones de carne colgando. Pechera de la camisa cubierta de sangre. La boca abierta en un grito mudo. Piernas retorcidas, bien por los estertores de la agonía, bien por los últimos e inútiles esfuerzos para librarse de su asesino. Foto número dos. Mujer abandonada en un solar. La falda y las bragas enroscadas en el tobillo izquierdo. Blusa abierta. Sujetador arrancado. Herida incisa desde la vagina hasta la garganta. Tórax abierto como un libro mostrando interior sanguinolento. Barro de sangre alrededor del cadáver. Foto número tres. Cuerpo de mujer inclinado sobre el capó de un coche, dentro de un aparcamiento. La cabeza girada debería permitir ver su perfil […]


Pueden leer el relato completo en El Club de Lectura, pulsando aquí. Por supuesto, como siempre, gratis y sin compromisos.

 

Foto: Tom Sodoge – visto en Unsplash [Free (do whatever you want) high-resolution photos]

Re-Procesado propio.

Pastillas para dormir

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No puedo dormir.

Bueno, jajá, dicho así, suena más grave de lo que es. Parece el comienzo de un cuento gótico, de esos con viejo de ojos desencajados que se levanta a recorrer su mansión palmatoria en mano mientras la tempestad arrecia contra los ventanales del hall. No, lo mío es algo más de andar por casa, más del día a día, jajá. No es que sea grave, pero sí molesto, como una caries que sólo hace daño cuando bebes algo demasiado frío y no te acuerdas de ella hasta la próxima vez. Ni siquiera puedo decir cuándo, cómo empezó. Un día me pareció que me levantaba demasiado temprano, siempre una hora antes al menos que cualquiera en la casa; y, aún así llevaba ya un buen rato dando vueltas en la cama. Y no era cosa del día anterior ni de la semana pasada. ¿Un mes, dos? No pude saberlo. Tampoco quise preocuparme. Son etapas. Eso, etapas.

[…] Pueden leer el relato completo en El Club de Lectura, pulsando aquí. Por supuesto, como siempre, gratis y sin compromisos.

Foto: Terra Holy – visto en Unsplash [Free (do whatever you want) high-resolution photos]

Re-Procesado propio.

Un perro viejo

Amadeo Oliván apuró su martini y dejó la copa sobre la barra. Bailoteó el pipo de la aceituna entre sus labios cerrados. Nunca dejó de mirar a Del Saco. Del Saco no era lo que parecía. No era viejo. No era lento. No era servil. Se contaban muchas cosas feas sobre él desde que empezó a hacerse un nombre en los mercados de Legazpi. Tenía unas manos enormes e inclinaba la cabeza al hablar, por lo que siempre daba la sensación de mirar mal, de estar a punto de liarse a guantazos. Tenía el pelo cano y los hombros cargados. Tenía las ojeras abultadas y las mejillas hundidas. Parecía un enterrador y no lo era. En sentido estricto, no.

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Don Nemesio del Moral

Si ya en los evangelios se cuenta aquello del hombre rico, el camello y el ojo de la aguja, imaginen lo fatigoso que era en los años del desarrollismo encontrar un constructor honrado. Don Nemesio del Moral nunca intentó serlo. Ni tentaciones: él era un pistolero de la vieja escuela, un hueso demasiado duro para cualquier otro perro, un cabrón con pintas celoso de sus logros – él mismo, el primero. Se puede y debe reconocer que era bueno en lo suyo. Depredador, sí. Voraz, también. Pero siempre con extrema cautela y siempre cuidando del negocio. Del propio, claro, no del de los demás.

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Lejos de casa

Buenos días, Catalina, buenos días mi dolce amor. Espero que al recibo de la presente te encuentres bien; yo bien, gracias a Dios.

No quiero que te enfades conmigo, ni que te formes malos pensamientos si tardo en escribir. ¡Qué más me gustaría a mí que poder dedicarte todo el tiempo de mi vida, o, mejor aún, quedarme a tu lado y no partir jamás! El tiempo es algo que cuesta dinero aquí en la ciudad y conseguir dinero es lo único que me retiene, lo único que me impide volar hacia tus brazos, hacia el nuesu fogar.

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La Finca

En el principio fue La Finca, una extensión de huertas medio abandonadas y pastizales al norte de Las Ventas. No muy lejos de allí pasaba la carretera de Barcelona, donde el trasiego de mercancías había traído primero almacenes y luego algunas pequeñas industrias. A su alrededor fue creciendo un barrio de trabajadores, sin lujos, pero con aspiraciones. Cuando al fin erigieron la iglesia, el barrio se hizo parroquia y tomó su nombre: San Lucas Evangelista.

Pronto llegaron los años de la gran emigración, el tiempo en el que las ciudades tocaron a rebato y los pueblos se desangraron tras entregar su capital humano a cambio de desprecio e insultos. O de nada. No había entonces casas para todos ni dinero con qué pagarlas: surgieron así barrios enteros en cuestión de semanas, barracas levantadas en una noche a base de ladrillos de derribo, chapas, cartones o lo que cada uno se pudiera mercar. Con la ayuda de los vecinos y una propina al sereno para que mirase hacia otro lado.

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El bar del Tío Tijeras

Nunca hubo otro bar como el del Tío Tijeras. Era algo de lo que pronto te dabas cuenta: nada más cruzar la entrada y encontrarte, a mano derecha, con una barra donde las lámparas tiffany lucían sobre fuentes de callos con chorizo, gallinejas y caracoles en salsa. Para mayor comodidad de los clientes, la barra se remataba por abajo con un reposapiés de latón dorado y por arriba, a la altura de los codos, con una banda acolchada de eskai rojo, a juego con los cuatro o cinco taburetes – no siempre había los mismos – que se alzaban entre la montaña de todas esas cosas que en un bar de ley deben tirarse al suelo. Hay que decir en favor del Tío Tijeras que él se esforzaba en mantener limpio el local, que, en cuanto tenía un rato libre tiraba de bayeta y escoba sin remilgos; pero también es cierto que los ratos libres no sobraban y que bastaba el paso de un pequeño grupo de parroquianos – a veces uno sólo – para que todo quedase como antes.

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Tresillos

Poco antes de y media, ella se ha puesto ya la bata y el gin tonic y zascandilea con el mando en busca de otra ficción que le lleve a la cama. Me levanto del tresillo, Angus se levanta y mueve el rabo hasta la puerta, dispuesto a pasar el trámite, pero tampoco ansioso. Cierro la bolsa de la basura, compruebo que llevo tabaco y fuego, murmuro un hasta luego que creo que no se oye y los dos, el perro y su dueño, nos vamos.

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